Lo primero que hay que decir de Informe Lugano es que es un
texto con una carga política e ideológica muy importante. Resulta imposible
hacer una valoración personal sin entrar en juicios morales y sin mostrar una
afinidad política. Puede haber quien se acerque a este libro pensando que
realmente pretende mostrar las contradicciones del sistema capitalista
(llevándolas hasta la extrema crueldad),
para así después pasar a dar soluciones que atenúen estas
contradicciones y se pueda mantener en pie el capitalismo. Sin embargo yo,
desde la primera hoja, me inclino a pensar que se trata de una crítica al
sistema económico de libre mercado muy bien tejida para convencer al lector de
que hay que acabar con él.
Publicado a día de hoy podría ser un libro más firmado por
un economista crítico anticapitalista, que refleja las diversas injusticias a
todos los niveles a las que nos lleva este sistema (desigualdad Norte-Sur,
incluidos y excluidos en el mercado laboral, regiones ganadoras y perdedoras…)
y nos muestra el inminente desastre medioambiental al que nos conduce. Pero hay
tres aspectos que lo hacen diferente y destacable sobre el resto. Uno es el
hecho de estar escrito con el formato de informe elaborado por un grupo de
trabajo ficticio, que se advierte que perfectamente podría ser paralelo al
grupo de expertos real. Este grupo de trabajo expresa las ideas de forma clara,
directa, sin pelos en la lengua, como ningún defensor de capitalismo lo haría
jamás, aunque así lo pensara. No hay duda de que todo defensor del capitalismo
no suscribiría lo dicho en el informe, pero es porque no todos los que
defienden el capitalismo son pensadores del capitalismo. En mi opinión, el
capitalismo no es solo un sistema económico basado en la libertad individual y
que establece las relaciones entre las personas en base al dinero y no ha
valores más humanos; es además una ideología dominante, de la que la mayoría
somos víctimas que a su vez pasamos a ser antenas reproductoras de dichos
valores dominantes. Pero como se dice en el libro, no es un estado natural de
la humanidad, ha sido creado, fomentado y extendido por mentes no tan alejadas
de las mentes que firman el informe. Lo sorprendente y admirable es la
capacidad de la autora de hacerse pasar por una de estas mentes y mostrar al
mundo una crítica al sistema desde el punto de vista del adversario. Conocer al
enemigo para derrotarlo no es una idea tan novedosa, los estudiosos del
capitalismo no pueden dejar de tener a Karl Marx como referencia, pues fue de
los pensadores que más profundizó en descubrir su naturaleza. Esta forma de
presentar el libro me llega incluso a plantear la pregunta de si fue buena idea
dar soluciones para preservar el sistema que se hayan podido llevar a la
práctica posteriormente.
Un segundo aspecto que hace a este libro destacable es estar
publicado hace 12 años. Es destacable la capacidad que tiene de predecir las
situaciones que estamos viviendo en nuestros días. En la página 52 dice
textualmente: “Dado un sistema inherentemente frágil, que carece de normas
legítimas que se puedan hacer cumplir, solo podemos advertir que puede
producirse un accidente global en algún momento de los comienzos del siglo
XXI”. Anteriormente también afirma que la tecnología actual será incapaz de
predecir la magnitud de una catástrofe financiera.
Otro aspecto que destaca a este libro es que a mitad del
libro llegue a la conclusión de que las grietas en el sistema capitalista son
tan grandes, tanto medioambientalmente como socialmente, que la única solución
posible pasa por la reducción drástica de la población mundial llegando a
plantear hasta el genocidio. Desde ese momento, esta pasa a ser la idea
fundamental del libro. Como para conseguir este objetivo, comienza a describir
los horrores que habría que provocar, y
a poner de manifiesto la falta de escrúpulos y la bajeza moral de que quienes
llevaran a la práctica las técnicas de reducción de población; está al mismo
tiempo sacando a la luz los horrores inherentes al sistema capitalista. Es
cierto que en la segunda parte del libro se toma un tono más ficticio, más
inverosímil. Creo que lo que busca es llegar a escandalizar al lector. Resulta
más pesada de leer ya que en muchas partes la autora se dedica, a grandes
rasgos, a darle vueltas a formas de que muera más gente.
La idea de que hay una superpoblación en el planeta
no es exclusiva de la derecha política. La advertencia es propia de la autora,
la que no es propia la forma de dar soluciones que plantea el grupo de
expertos. Estoy seguro de que un sistema mundialista basado en el socialismo,
también contemplaría la reducción de población, o por lo menos la
controlaría. Quién no ha pensado alguna
vez que si viviéramos menos gente en el mundo viviríamos mejor. Mirando las
previsiones que hace la ONU de la población mundial (9.500 millones de personas
para 2050) no cabe ninguna duda de que el argumento de “si cada uno tomara del planeta lo que estrictamente necesitara para su
supervivencia se podría alimentar a toda la gente”, resulta falso. Ni tan
siquiera el tipo de agricultura que se promueve desde la Vía Campesina, en base
a la Soberanía Alimentaria, será suficiente para abastecer de alimentos a toda
la población mundial sin generar un daño grave en el planeta Tierra. Desde
luego, los métodos para lograr la reducción tendrían que ir siempre por la línea
de la educación sexual y la planificación de la natalidad. Las medidas de
planificación familiar (reconocida como un derecho humano) y de concienciación
de la anticoncepción, tienen efecto probado. El descenso del índice de
natalidad es proporcional al mayor acceso a la educación. Es imprescindible
facilitar en los países en desarrollo el acceso a la planificación familiar y
la libre elección del método de la misma, junto con la información y la
educación pertinente sobre el tema así como prevenir y tratar las enfermedades
de la transmisión sexual. La fecundidad libre es indispensable para el logro de
más altos niveles de bienestar individual y social. En definitiva, es una
necesidad, y no una cualquiera: “La planificación familiar podría llevar más
beneficios a más personas a menor costo que cualquier tecnología singular
actualmente a disposición de la raza humana” (UNICEF 1992).
Aunque de los tres factores que influyen en el impacto sobre
el planeta, el grupo de expertos se centre en la población ya que es el único
sobre el que les interesa modificar, yo pondría los tres en el mismo nivel de
importancia. El capitalismo se fundamenta en el crecimiento constante y por lo
tanto tiene que fomentarse el consumo, aunque este sea superfluo. Muchas veces
compramos cosas en base a necesidades creadas por quienes nos pretenden vender.
Vivimos rodeados de bienes que no aportan nada a nuestras vidas, la tecnología
nos supera y sin embargo hemos llegado a creer que no podemos vivir sin ella.
Solemos decir que nos facilita la vida, pero cabe preguntarse si es acertado el
ritmo de vida que llevamos. Trabajamos 8 horas al día produciendo para tener
dinero para poder consumir aquello que producimos, y el beneficio de este
dinamismo excesivo solo fluye hacia unos pocos. ¿No sería más lógico trabajar
menos horas y adaptar el consumo a las necesidades de manera que tengamos más
tiempo de ocio? De este modo se reduciría la presión sobre el planeta al
explotar menos recursos y generar menos residuos. Informe Lugano me ha dejado
más clara la idea de que necesitamos una reducción programada del consumo. Esto
podría llevarse a cabo restringiendo el acceso a la financiación a todas
aquellas iniciativas cuya actividad no respondiera a unos criterios éticos
establecidos, de respeto al medio ambiente, de respeto a los derechos humanos,
de eficiencia energética, sostenibilidad, etc. Para ello es necesaria una banca
exclusivamente pública que canalizara los ahorros de los ciudadanos hacia
proyectos que repercutan en el beneficio del conjunto de la sociedad y miren al
futuro del planeta.
Atendiendo a la tecnología y a la idea de que la
automatización sustituya al trabajo humano, hay que decir que mientras la
energía que consumen las máquinas sea asumible por el sistema energético sin
repercusión negativa en el planeta, no hay ningún problema. ¿Qué mal hay en que
las máquinas trabajen por las personas? Ninguno, siempre y cuando se
establezcan los mecanismos para la redistribución del trabajo de modo que nadie
se vea excluido. Con el nivel de tecnología actual y actuando sobre el consumo,
no deberíamos trabajar más de 4 horas por persona al día.
Respecto a los pilares sobre construyen las estrategias de
reducción de población, es sorprendente que estén a la orden del día en nuestro
entorno más cercano. El control de los medios de comunicación, la tremenda
desinformación, el fomento de la indiferencia política, la estimulación del
consumo por el bombardeo publicitario y la manipulación de masas son ejemplos
del pilar ideológico. La impotencia del Gobierno ante el ajuste estructural
impuesto por la Unión Económica Europea con el objetivo de que España sea
productiva en base a bajos salarios o la transferencia de la esfera pública al
ámbito privado (sanidad y educación), lo es del pilar económico y político. Y
la polémica de la política autonómica, la educación que vuelve a abrazar a la
religión, la tergiversación del concepto Democracia
o la censura en los medios de masas del término Capitalismo son muestras del uso del pilar psicológico. De todos
ellos hay muchos más ejemplos que dar.
Me resulta muy interesante una de las alternativas que
plantea la autora al final del libro. La de construir una globalización alternativa. A través de las voces de la izquierda
política sí que hemos oído hablar de que en esta sociedad tan individualista,
los cambios en las relaciones de poder no pueden venir de respuestas
individuales, que es necesario tejer redes en la base de la sociedad que sirvan
de cimiento para una democracia más global. Pero hablar de una economía
alternativa, con empresas supongo que basadas es relaciones más humanas, que se
impongan regulaciones para preservar el planeta, y que tomen poder para
competir y derrotar a las trasnacionales neoliberales, es algo que no había
escuchado nunca. En parte me resulta difícil de creer en ella, ya que aunque pueda
resultar más viable que los movimientos decrecentistas (a los que también hay
que tener en consideración), siempre habrá un déficit democrático en cuanto a
que los ciudadanos no podrán ejercer un control sobre estas empresas
alternativas. Es imprescindible que la ciudadanía sea el principal agente
interviniente en el futuro del planeta, y que se fortalezca la Democracia a
través de los mecanismos de actuación públicos, para que entre todos podamos
decidir en qué sistema queremos vivir.
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